Hoy he visto a Marinín
Hacía años que no la veía, muchos. La última vez fue mientras esperaba haciendo cola para comprar entradas del «teatro aficionado», cuando se hacía en el Marqués de Santillana, allá en 2006. En aquel momento fue ella quien me reconoció. En esta ocasión fui yo.
—Perdone, ¿es usted Marinín?
—Sí, soy yo. ¿Quién eres?
—Soy Adrián, el nieto de Nati y Pepe.
Tras un instante de silencio, reaccionó. —Ay, hijo, ¡qué alegría verte! —decía mientras se llevaba las manos a la cabeza—. ¡Cuánto me cuidaron tus abuelos cuando se mató mi marido! —. Me dio dos besos y nos pusimos un poco al día. Me comentaba que vivía en Galicia desde hace años, que no sabía quién estaba ahora en casa de mis abuelos y que en ese momento se iba a andar para hacer algo de hambre. Lo normal.
Por mi parte, le comenté por encima cómo me había ido durante estos últimos años, sin entrar en demasiado detalle, ya que no quería extender un saludo en una conversación demasiado larga. Le dije que bien, que ahora era padre, que nunca había dejado Torrelavega y que era informático. Pero Marinín ya lo sabía todo.
Sabía que mi hermano andaba trabajando por aquí, que mi padre cogió COVID y estuvo muy maluco, y que yo me había comprado un piso un poco más arriba de su casa —ahí, donde el Pico—.
Joder con Marinín
No sé cuántos años tiene, deduzco que ochenta y pico. Su cara está bastante arrugada, su cuerpo es ya menudo y el volumen de voz excede los decibelios para cualquier conversación distendida. No obstante, a pesar de llevar años viviendo fuera, descubrí que mantenía contacto con mi tío por vía telefónica. Por lo visto, siempre preguntaba por todos, al menos hasta que mi abuela murió.
Todo esto me dio que pensar, sobre todo en las relaciones que mantenemos con nuestros vecinos, porque eso es lo que era Marinín: la vecina de toda la vida. Ella, a diferencia de mí, no comparte lazos sanguíneos con mis abuelos y, aun así, me atrevo a pensar que formó parte del núcleo familiar de mis abuelos, mucho más que yo.
Buika canta esto en su versión de «Las simples cosas», canción original de Julio César Isella y Armando Tejada Gómez:
Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas
Y fue exactamente lo que me pasó a mí esa mañana de domingo. No creo que vuelva a ver a Marinín. Me despedí de ella de una manera alegre y despreocupada. Le animé a que aprovechase el día. —¡Que hoy no llueve!— le dije mientras me alejaba.
Ojalá todas las despedidas fueran así: alegres, insensibles y, sobre todo, con una sonrisa.